domingo, septiembre 14, 2014

La vuelta a España después de 100 años

El pasado mes de agosto se presentó en La Cándana de Curueño el libro "La vuelta a España después de 100 años", segunda parte del libro "Érase una vez la familia García", coordinado por Graciela Papaiani, descendiente de una familia del pueblo que, a principios del siglo XX, emigró a la Patagonia y que se presentó en La Cándana hace cuatro años.

"La vuelta a España después de 100 años" (Dunken) relata las emociones y vivencias de la familia García al reencontrarse con sus orígenes en su viaje a León en 2010. Entonces, 27 hijos, nietos y bisnietos de Baltasar y Benito García González –bautizados como ‘los patacándanos’- cumplieron su sueño de pisar el suelo de sus antepasados y explicar a sus paisanos la aventura de aquellos emigrantes que partieron a Argentina en busca de una vida mejor. La expectación que la visita de los 27 miembros de la familia generó en La Cándana queda también recogida en el libro.

En dicha presentación participó nuestro amigo Hermenegildo López González, Catedrático de Francés de la Universidad de León, Secretario de ComunidadLeonesa.ES y Abad de la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, con una sentida e interesante intervención que os dejamos a continuación.

Graciela Papaiani, autora de 'La vuelta a España después de 100 años'

PRESENTACIÓN DEL LIBRO EN LA CANDANA

Para comenzar esta intervención, debo confesarles que, a mi entender, nos encontramos ante una obra singular y muy distinta de las que manejamos a diario; por lo mismo muy diferente ha debido ser este acto, si lo comparamos con las habituales presentaciones de nuevos libros. Entre otras razones porque no estamos simplemente ante un libro; es la vida y un testimonio, un compromiso que debe ser considerado como tal; incluso un acto de rebeldía contra unos tiempos que nos hastían, contra la tiranía de un reloj que nos abruma y a favor de unos sentimientos que nos liberan.

A pesar de todo, y puesto que hay que mantener una determinada liturgia, no esperen de mí que adopte otra figura que la de un humilde monaguillo (más aún teniendo tan cerca al Padre Manuel y estando como estamos en un templo), que agradece sinceramente haber sido elegido, sin mérito alguno, para este cometido, si acaso el de ser casi vecino de este espléndido valle montañés y enamorado del mismo como del resto de mi región que, ya les prevengo, no tiene nueve provincias sino tres, las que tuvo siempre y que mantienen unas marcadas señas de identidad, por cierto, una de las ideas más claramente expuestas en el libro que aquí nos reúne y en un acto que me atrevo a calificar de aventura catártica. Una verdadera catarsis es lo que se ha dado y se sigue dando hoy, con esta presentación que gira alrededor de unos hombres, de unos nombres, de un apellido más bien y de unos paisajes aprisionados en la memoria incluso sin haber sido pateados por la mayor parte de los descendientes de unos niños que hace 100 años tuvieron que dejarlo todo atrás.
Y en ese todo incluso un pueblín como el que todos llevamos agarrado a la piel, que nos ha conformado como somos y que representa el marco de una gran parte de nuestros recuerdos: un río, unas choperas, unos prados, algún camino que se retuerce caprichosamente y que nos invita a transitarlo, unas montañas, unas tierras de labor, a veces un molino, pero siempre, inalterable en la memoria, un campanario y, arrebujadas en derredor, una sucesión más o menos caótica de casas familiares que han servido para cobijar sueños, vivencias, inquietudes, esperanzas y certidumbres durante generaciones.

Pero tal vez me esté desviando de lo que debería constituir mi obligación primera que no es otra que la de hablarles de este libro que muchos, seguro, ya conocen. Un libro que, bajo el título de “La vuelta a España después de 100 años” recoge las experiencias, los sobresaltos, las emociones y hasta las conmociones..., las alegrías, e incluso la euforia, de unos argentinos de la lejana Patagonia, que se soñaban un poco leoneses y que se descubrieron más de aquí, más anclados en las raíces acunadas al calor del valle del Curueño de lo que incluso habrían sospechado.

Así podemos deducirlo de las palabras de Patricia Yvonne Iralde que, desde un primer escepticismo ante el gran viaje, termina “reconociéndose en los rostros, las comidas, las canciones de cuna, la emoción de su madre”, llegando a experimentar que también ella era de allí. Hasta tal punto se produce esta evolución que acabará afirmando: “quedé atada a León”; incluso se prometió a sí misma regresar para trascender en sus hijos la experiencia y el sentir profundo de las raíces.

Casi le ocurrió lo se suele decir de los funcionarios que llegan trasladados a León: vienen llorando y se vuelven llorando. Esta tierra tiene algo especial, se pega al alma de los que se dejan embrujar por ella.

Y eso, el conocimiento y disfrute de una realidad soñada, era, a no dudar, el objetivo de la gran aventura y el pensamiento que apartó de las mentes de los viajeros los inconvenientes derivados de la misma.

La experiencia de la búsqueda del tiempo pasado, del tiempo perdido, como diría Marcel Prust, necesita introspección, deseos sin medida y hasta preparar el ánimo para cualquier sorpresa; pero también requiere de un bebedizo, de un mecanismo especial que nos transporte a esas regiones de la mente o de la realidad, de un pasado vivido o simplemente imaginado. En el caso del escritor, es bien conocido, fue la madalena mojada en la tila de su tía, pero ¿cuál pudo ser el que llevó a los descendientes de los García de la Cándana a rebuscar, de manera colectiva, a más de 10.000 kilómetros de sus vidas y a 100 años de unos hechos que alguien incluso podría calificar de intrascendentes por repetidos, esas raíces que parecían aprisionarles como en una red y tirar de ellos con una fuerza inexplicable, quizá lo que se califica de llamada telúrica, hasta un lugar que no es especialmente conocido ni figura con un gran punto rojo en los mapas al uso?

El amor, claro está, dirán ustedes; el amor que mueve el mundo; pero en este caso es un amor contagiado por unos abuelos que, niños aún, sin casi tiempo para vivencias, quizá soñaron, con el embeleco que suponen los sueños, sus raíces, su cultura, sus cosinas, su pueblín, su río y sus montañas. Y ese amor cultivado con inmensa ternura en el alma de los que vinieron detrás ha dado como resultado esto que varios han calificado ya como de casi un milagro.

La Cándana, para los García se convirtió, al abrigo de lo que contaban, cantaban, pintaban y seguramente fabulaban los abuelos, en una nueva Sefarad, una tierra soñada, un paraíso que debía ser, cuando menos una vez en la vida, paseado, sobre las puntas de los pies quizá; con cariño, con respeto; para no cambiar nada, para no estropear nada, para no deslucir ni el más mínimo detalle del cuadro imaginado. ¡Qué pena de llaves de unas puertas que ya ni existen! Estarían, seguramente, colgadas en la entrada de cada una de las casas de los nuevos García, allá en una, para nosotros leoneses, inaccesible e inmensa Patagonia y multiplicadas al compás de nuevos miembros que, con ello, adquirirían la condición de patacándanos...

Pero avancemos un poco en nuestra reflexión sobre las causas y las consecuencias de lo que estamos viviendo entre todos y uniendo con invisible hilo dos tierras bien distantes geográficamente.

El alejamiento de las raíces hace al individuo tomar conciencia de lo que se suele llamar el extrañamiento.

Este fenómeno deriva de inmediato en la nostalgia, la murria, la morriña, la falta de eso que venimos denominando 4000 años de huesos en polvo bajo los pies. Existen dos maneras de combatir esta particular sensación: una a nivel colectivo, y de ahí surge el fenómeno de las denominadas casas regionales, con toda su carga de tópicos y reduccionismos sobre las músicas de la tierra, las comidas de la tierra, en suma, los recuerdos compartidos sobre lo que se ha dejado atrás; existe otra, sin embargo, en la que la introspección juega un importante papel. A falta de poder vivir en la Tierrina, se intenta conocer más y más sobre ella: su historia, su cultura... Y se lee con avidez, se pregunta con terquedad, se investiga de forma insistente y se comunican con alegría los hallazgos.

Pero, en ese momento, aparece, seguramente, un nuevo problema: cuanto más se conoce, la sorpresa aumenta y más se quiere averiguar; se entra en una espiral que podríamos denominar de ensoñación, de ensimismamiento, de enamoramiento incluso. Y la bola de nieve de los sentimientos se agranda, se agiganta, y además se embellece, se pinta con matices extremos y hasta se comparte con los más próximos consiguiendo, por medio de ese ardor con el que se describen las costumbres del pueblín, las cosas todas del pueblín, un contagio en los que caminan al lado.

Todo ello, evidentemente, y no habría siquiera que señalarlo, si no fuera por los excesos de algunos nacionalismos exclusivistas, en el mayor de los respetos y, por lo mismo, sin dejar de comprender y hasta de gustar de lo nuevo que nos ofrece el país de acogida.

Y porque de ese modo el corazón también se agranda y se comparte, como el que ama a varios hijos por igual, se puede sentir una curiosa dualidad. Para ilustrarlo recordaré ahora las palabras recogidas, hace solo unos días, de otro emigrante, en este caso en México, el empresario Juan Antonio Pérez-Simón que con siete años se fue también en busca de un futuro y que así comunica su experiencia: “Por adopción, soy mexicano, mi hija y mis nietos son mexicanos; pero en España aprendí el único idioma en el que gozo expresándome y es donde tengo mis raíces. Con el paso de los años he aprendido que el corazón no se divide, sino que tiene la extraordinaria capacidad de multiplicarse. Mi corazón intacto se encuentra en México e íntegro en España”.

Pero, quizá, para sentir la tierra primigenia, para llegar a experimentar esta falta de suelo firme sobre el que asentar el edificio de una vida, a veces, paradójicamente, se hace necesario encontrarse lejos, aunque solo sea por un escaso tiempo. Hay que probar eso que llaman la experiencia de la expatriación.

Sin embargo, permítanme ahora, al abrigo de esta búsqueda de las raíces, de la identidad y sus consecuencias, una brevísima reflexión sobre un fenómeno bien contrario. Lo denominaremos enculturizacion. Consiste en ir socavando, por medio de una publicidad machacona, engañosa y alienante, esas raíces, para intentar sustituirlas por otras de nuevo cuño e injertadas al albur de los intereses políticos o económicos de ciertos grupos.

Y no me negarán ustedes, llegada está situación, que no hay peor extrañamiento que el de sentirse extranjero en la propia tierra de uno. Y eso, bien lo saben, ocurre en nuestro León del alma, sin ir más lejos. Así lo describe Máximo Soto Calvo, fundador y presidente durante varios años de la Plataforma Regional pro-Identidad Leonesa: “que dicen que ya no soy / ciudadano de mi tierra; / y la luna, entre espadañas / se me está yendo en la niebla”.

En efecto, un buen día, en palabras del grandísimo y admirado Julio Llamazares, "me acosté leonés y me levantaron castellano". Así, sin más. No creo que haya existido truco de magia mayor en la historia del mundo ni en la búsqueda de identidades; esto no es de Julio, sino un comentario mío al margen, evidentemente; si bien él, con la socarronería propia de un paisano de estas tierras, también afirmó, en una entrevista televisada, que "esto de ser castellano-leonés es como ser austro-húngaro, pero en pobre" y tampoco necesito recordarles cómo terminó aquel experimento...

Pues sí, como bien saben muchos de ustedes, en esto se gastan algunos nuestros dineros; en concreto y especialmente a través de un organismo denominado "fundación Villalar Castilla y León" dilapidan, de nuestros impuestos, más de un millón de Euros. El único objetivo conocido de esta estructura macrocéfala, además de la posibilidad de colocar a determinados amiguetes o familiares a dedo, es el de "crear conciencia regional". Seguro que ellos no conocen aquello que también se dice por nuestros pueblos: “pero si de donde no hay no se puede sacar”...

Vean, sin embargo, lo que opina de esta situación el gran lingüista y antropólogo D. Julio Caro Baroja: “Para liquidar a los pueblos se comienza por despojarles de su memoria, se destruye su cultura y su historia y alguien les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia... luego el pueblo comienza a olvidar lentamente lo que es y lo que era...”.

Y lo que vale para lo negativo también quisiera poder aplicarlo al aspecto más positivo de lo que aquí nos concita: el amor por el pueblín, el respeto por los ancestros, la avidez de conocer la cultura de propia tierra, fue sembrado, por tres generaciones ya, y de una manera profunda, en el alma de los García y ha dado el ciento por uno, como la mejor tierra de la parábola de Jesús.

Un ejemplo para todos nosotros, mi admiración sincera y mi agradecimiento más efusivo que, seguro no me equivoco, si afirmo hablar en nombre de todos los leoneses de bien.

Citas para apoyar la importancia del conocimiento del pasado, bien sabemos que las hay por centenares. Déjenme que les recuerde algunas de las que me parecen más acertadas: “Una generación que olvida su historia no tiene pasado ni futuro”. Es más, sin pasado no hay posibilidad de presente y, sin presente, el futuro se convierte en algo vago y difuso.

Para el historiador Carlos Santos, "Un pueblo sin memoria, sin historia, es un pueblo perdido que adolecerá siempre de los sentimientos que más unen e identifican a sus gentes". Es lo que solemos denominar, pura y simplemente la identidad.

En una línea semejante comentaba Edmun Burke, en atinada reflexión: “Las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán hacia la posteridad”. Y con esto creo que ya es suficiente para entender la importancia de esos sentimientos de pertenencia que atan amorosamente a la tierra de los antepasados.

Pero volvamos ahora de nuevo al libro que nos ha reunido hoy. Es evidente que ni trato de hacer ante ustedes una crítica literaria ni aún textual de este manojo de sentimientos, mas, si tuviera que elegir los dos momentos más impactantes de cuantos se narran en el libro, que me conmovieron hasta el extremo y que incluso se repiten en varias intervenciones del mismo, son la llegada al despoblado de Villarrasil, el pueblo de la abuela de donde recogen, con amor y respeto infinitos, esa tierra que calentará para siempre su espíritu, sabiéndose acompañada por los suyos, por sus ancestros del Curueño, o, en paralelo, el descubrimiento de la pared que queda de la casa del abuelo y que acarician con dulzura; y aquel otro, con lo que esto supone para un leonés que ha contraído la obligación de pasar el testigo a la próxima generación, puesto que los padres se han ido ya, la visita a la Virgen del Camino, "reina y madre del pueblo leonés", como dice su emocionante himno y a la que, en mis tiempos jóvenes, recuerdo y ustedes sin duda recordarán, se ofrecían sobre el altar, al canto de la salve popular, todos los niños que nacían en estos pueblos. Quiero pensar que la costumbre aún sigue, sabiendo que tenemos por aquí pastores de la categoría de D. Manuel. ¡María del Camino!, un nombre de mujer que suena más que raro por otras zonas de la Península, pero que nos identifica allá donde vamos, como salidos de las tierras de León y perdidos amantes de las mismas como ya constatara la Picara Justina al afirmar que “los leoneses son gente morida por su tierra...”

Ahí está sin duda el origen del contagio, pero queda por agradecer, y ya no hablo siquiera de cuantificar, el testimonio que, sin medir sus consecuencias, nos ofrecieron los patacándanos, en un año tan especial como el inolvidable, por razones varias, 2010, fecha en la que, con más pena que gloria, se cumplieron los 1100 primeros años del Reino de León, con la coronación del rey García I, ¡otro García! ¿Qué se hizo o qué ha trascendido de ello? No es una pregunta, por favor; solo es una triste constatación, una queja pronunciada en voz queda y hasta ya sin el más mínimo rencor.

Ante el testimonio impagable de estos García, y precisamente contra corriente y ese año tan especial ¿cómo podía haber rechazado el reto de venir hoy hasta aquí declinando una invitación que se me hizo con enorme respeto y hasta con cariño? Les confesaré también otras razones: Me pierde el tema de las raíces, de la identidad, pues es público y notorio el amor y el respeto que profeso a nuestra Tierra, a su historia y, naturalmente a los que la hicieron en primera persona, desde los reyes hasta el último de los paisanos de la misma; me emociona todo lo relacionado con la cultura popular, con sus manifestaciones y con los que se dejan su tiempo, sus energías y hasta sus dineros en mantenerla, cuidarla y transmitirla; me conmueve y estimula incluso, el recuerdo y el ejemplo de los que nos han precedido y de las dificultades por las que transitaron para legarnos una vida mejor, y, para finalizar, me condiciona, positivamente he de confesarlo, el hecho de ser o intentarlo al menos, un paisano como los que me dieron ejemplo de niño, me enseñaron a ser como soy y a profesar los valores que profeso, que no tengo por qué ocultarlo, coinciden con los que se citan reiteradamente en esta vuelta a los orígenes 100 años más tarde.

Claro que también hay otra cosa que no les había confesado aún; soy nacido en El Condado, en San Cipriano, para más concreción; allá donde ya se aquietan, juntas para siempre, las aguas de los dos enamorados Porma y Curueño (no cometeré la torpeza de contarles la leyenda); también como ustedes adoro a mi tierra, a León, y todo lo que ella representa; pero ese convencimiento y esa constatación se produjeron en un proceso de mi juventud en la que, durante más de cuatro años, estuve estudiando en París, durante aquellos productivos años del mayo francés, del año 1968; quizá por ello sigo persiguiendo la utopía, alanceando a veces como don Quijote, gigantes que sólo son molinos o buscando la playa bajo los pavés.

Y ya en esta cascada de confidencias compartidas al calor de esta tarde de agosto, permítanme que termine mi quizás excesivamente larga intervención con dos citas que reflejan, a mi entender, de manera acertada cuanto viene siendo motivo de reflexión derivada de unos hechos, reflejados en sendos libros.

Una de ellas se refiere a la diferencia entre ser de León y ser leonés y debe ser atribuida a Máximo Soto ya citado; dice así: “Ser de León constata, simplemente el hecho de nacer y/o vivir aquí, es la escueta realidad que nos otorga tal condición; pero ser leonés es algo más. Implica un conocimiento de los valores autóctonos, verdaderos marcadores de nuestra idiosincrasia –historia, costumbres y tradiciones- lo que supone también una actitud de compromiso con todo lo nuestro, lo leonés, que como cosa propia defendemos”.

Convendrán ustedes conmigo entonces que estos que, con cariño denominan y hasta ellos mismos se autodenominan patacándanos se merecen más que muchos de los que vivimos en estas tierras, llevar el orgulloso nombre de LEONESES, por el amor que han demostrado a esta su tierra de origen y por el testimonio que nos han dejado. Ya conocen, seguro, aquella frase que se popularizó al hilo de los slogans que se pegaban en el cristal trasero de los vehículos en los años 70: “ser español es un orgullo, leonés es un título”. Pues atribuyámoselo y con la solemnidad merecida...

La otra cita con la que cierro estas reflexiones, y que me parece de lo más aclaratorio a la hora de recordar la situación de los abuelos Baltasar y Benito García, la he tomado de la conocida obra de Mássimo Manfredi, La Última Legión (que, por cierto, bien pudiera ser la Legio VI Victrix, la fundadora de nuestra urbe regia y capital imperial). Durante la larga huida de sus enemigos, en un momento determinado, Rómulo, el joven emperador, pretende abandonar el libro de historia de su maestro Ambrosino. Este se lo recrimina diciendo: "Cuando se huye y uno deja todo a sus espaldas, el único tesoro que podemos llevarnos con nosotros es la memoria. Memoria de nuestros orígenes, de nuestras raíces, de nuestra historia ancestral. Solo la memoria puede permitirnos renacer de la nada. No importa dónde, no importa cuándo, pero si conservamos el recuerdo de nuestra pasada grandeza y de los motivos por los que la hemos perdido, resurgiremos”.

Que así sea, y ahora, uniendo también el hoy con el ayer medieval, tan presente también en nuestras tierras, solo recordarles la leyenda del escudo de los García: así afirma, “de García arriba, nadie diga”.

Muchas gracias por su atención.

Hermenegildo López González