jueves, febrero 09, 2012

FIESTA DE SANTO MARTINO: Conferencia “Once siglos para un reino: el legado de un pueblo”.

El pasado 20 de Enero, con motivo de la Festividad de Santo Martino, patrono de la Universidad de la Experiencia, nuestro amigo y compañero, Hermenegildo López González, catedrático de Filología de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la ULE, pronunció la siguiente Conferencia, que copiamos a continuación y que lleva por título:

“Once siglos para un reino: el legado de un pueblo”

Pues sí, hemos cumplido once siglos de reino, aunque no lo parezca; 1100 años parece, entonces, una buena cifra para detenernos hoy, en este día de celebraciones en honor al patrón Santo Martino, tan vinculado a la familia real leonesa, para escudriñar en nuestro pasado y ver sus huellas indelebles aún en el presente.

Convendría, no obstante, para bien comprender estas reflexiones que hoy intento hilvanar ante ustedes hacernos una pregunta que se presenta como múltiple: ¿Qué representó y que nos queda en el presente de este reino que denominamos de León y que ocupa el segundo cuartel del escudo constitucional de España? Pues como acertadamente se suele repetir, "Un pueblo sin memoria, sin historia, es un pueblo perdido que adolecerá siempre de los sentimientos que más unen e identifican a sus gentes". Me gustaría unir esta frase, con la pronunciada por uno de nuestros científicos más reconocidos, Ángel Alonso; se expresaba así este famoso investigador de la lucha contra el cáncer: “El pueblo que no cuida su pasado se iguala al hombre que ha perdido su alma; ambos tienen una figura, pero carecen de sustancia”. Yo añadiría más, es solo hojarasca que el viento empuja a su capricho pues ha perdido sus raíces, su identidad y hasta su autoestima.

Uno de nuestros modernos escritores, Juan Pedro Aparicio, publicó ya en los 80 un celebrado libro con el esclarecedor título de “Ensayo sobre las pugnas, heridas, capturas, expolios y desolaciones del viejo reino en el que se apunta la REIVINDICACIÓN LEONESA DE LEÓN”; en el mismo llegaba a lamentar algo que constatamos como una dolorosa realidad: “León, a base de no nombrarlo, ha terminado por desaparecer”. Vamos, entonces, a tratar de responder, a esa pregunta arriba planteada y ello desde una perspectiva personal que, por lo mismo, no tiene por qué ser compartida; en eso radica la democracia.

Comentaba Edmun Burke, en atinada reflexión, que “Las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán hacia la posteridad”. Esta idea, complementada con la de Benedetto Crocce de que “Toda la historia es historia contemporánea”, nos ha llevado a volver la vista atrás y no solo hacia una fecha concreta, hacia un hecho que ocurrió hace ya 1101 años, sino a escudriñar mucho más atrás, en el pasado, para buscar unas causas y extraer unas forzosas consecuencias.

Retrocedamos, aunque solo sea un instante, hasta los ancestros que constituyeron nuestro primer ser y futuro devenir. Como pueden observar y, claro está, recordar, la parte oeste de la Península entra en la historia, de la mano de los romanos, con un poblamiento muy concreto: lo que será el futuro solar leonés está ocupado fundamentalmente por cántabros y astures, nombre, como sabemos, derivado del río Astura, el actual Esla. Y si hoy les traigo también estos lejanos recuerdos es porque según Julio Caro Baroja, el gran antropólogo, lingüista e historiador: “difícilmente se podrá encontrar en toda Europa una región en la que los elementos de la cultura moderna se hallen tan en armonía con los datos de un pasado remoto como León”.

Sabido es también que fueron precisamente esos dos pueblos, cantabros y astures, los que se opusieron con mayor determinación a los romanos lo que les valió una feroz guerra y, en el caso de los cántabros vadinienses una casi total deportación, hacia tierras más al Sur ya romanizadas. El interés de los romanos estaba muy claro; no se trataba solo de conseguir una victoria para prestigiar al primer emperador de Roma, sino que en el oeste peninsular había aparecido oro, y en abundancia, en un lugar que llegó a constituirse como el mayor complejo aurífero de todo el imperio.

La más famosa de las minas es la zona bien conocida de Las Médulas, aunque los romanos llegaron a explotar unas 500, en los territorios de esta parte oeste de Hispania. Según los cálculos actuales, los trabajadores a las órdenes de Roma pudieron haber removido unos 500 millones de metros cúbicos de material y habrían obtenido más de un millón y medio de kilos de oro. Las Médulas se mantuvieron en explotación, al menos, durante los 250 primeros años de nuestra era. Esta zona, por cierto, fue incluida por la UNESCO, en 1997, en la lista del Patrimonio de la Humanidad

Tras diversas divisiones administrativas, parte de lo que en un momento se denominó Hispania Citerior Tarraconense pasaría a llamarse provincia de Galaecia con capital en la leonesa Astorga, cabeza norte de la famosa Vía de la Plata. Llegó a dividirse en conventos, de los cuales el que correspondía a la mayor parte de la zona actual leonesa se denominó Convento Asturicense.

La necesidad de proteger aquel enorme tesoro citado supuso la fijación de una de las legiones en esta zona; aquí se encuentra el origen de la ciudad de León. En efecto, hacia el año 15 antes de Cristo, la Legio VI Victrix, que había participado en la famosa batalla de Actium entre Marco Antonio y Octavio Augusto y que intervenía en estas guerras de Roma contra cantabros y astures, fijo su acuartelamiento entre los ríos Bernesga y Torío y construyó una primera muralla de tapines. Tras la salida de esta hacia la frontera del Danubio, Galba, el legado en Hispania, reclutará una nueva legión en el año 69 después de Cristo. Comenzará denominándose Hispana, para tener posteriormente, entre otros, los nombres conocidos de Legio VII Gemina Pia Felix. Ella será la única legión que permanecerá en la Península, y en el mismo lugar, hasta el fin del imperio romano, es decir durante más de 400 años.

Hay que señalar, asimismo, que, producto de la llegada de esos soldados romanos, se propagó con rapidez la religión cristiana entre los naturales de la zona. Ya en el siglo II existe la diócesis de Astorga y se conoce hasta el nombre de un Obispo, Basílides. Existe también un testimonio en forma de restos de una basílica paleocristiana, en este caso muy cerca de la ciudad, en Marialba de la Ribera, que se construyó, probablemente en el siglo III y, para terminar este breve apunte, quede también constancia de un primer mártir leonés, el centurión de la Legio VII y actual patrono de la ciudad, Marcelo, decapitado en Tánger el día 29 de octubre del año 298.

La desmembración del imperio romano supuso la llegada de nuevos pueblos a la Península y, en esta parte de Hispania, que mantuvo una clara identidad, se estableció un reino diferente de los visigodos por casi una centuria, los suevos. Finalmente fueron derrotados cerca del río Órbigo en el año 586. En lo sucesivo, Gallaecia será gobernada por un duque visigodo, mas, como testimonio de su importancia y del mantenimiento de la propia ley sueva para esta zona, Leovigildo se donominará rey de “Galia, Spania y Gallaecia”.

Nuevos invasores llegarán, apenas 125 años más tarde, en este caso desde el Sur, y con deseos inequívocos de quedarse. Mas, sea verdad, leyenda o mito, si los árabes derrotan a los hispano-romano-visigodos, en el año 711, en la Batalla del Guadalete, la primera victoria de las gentes del Norte, se produciría tan solo 7 años después: Covadonga. Se elige un nuevo rey para este incipiente reino, D. Pelayo, el cual, según la leyenda fue coronado en una pequeña ermita de la Cordillera Cantábrica en tierras leonesas, la ermita de Corona. Comienza entonces el dominio de esta dinastía astur que expande sus posesiones por toda la costa norte, utilizando el refugio de la cordillera. A partir de este rey, todos ellos comenzarán ya a intitularse reyes de Asturias y León. De hecho, D. Pelayo preside la puerta norte de la muralla leonesa, la única que, aunque remozada en el siglo XVIII, se mantiene aún en pie.

El gran cambio llega con Alfonso III el Magno, 130 años después. Empujados los árabes más allá del Duero, los hispanogodos bajan hacia las tierras de labor de este lado de la cordillera, al tiempo que, desde el Sur, muchos cristianos buscan refugio en el Norte. Así surgen templos de una rareza y de una belleza extrema, como la iglesia de San Miguel de Escalada, a orillas de río Esla, construida por 9 monjes venidos de Córdoba en un estilo denominado por algunos mozárabe y por determinados especialistas, prerrománico leonés. Aquí se compuso el Beato de Liébana del maestro Magius, según dicen, el más hermoso de los Beatos, arte también desarrollado en el Reino de León y llevado al culmen, en opinión de algunos, en la época de Sancha y Fernando, por medio del Beato que lleva su nombre, compuesto en el Scriptorium de San Isidoro; hoy, sin embargo, la joya del maestro Magius se encuentra en la Biblioteca Morgan de Nueva York.

Pero volvamos a nuestro Alfonso; el rey juzga de interés, entonces, avanzar su capital hacia un lugar más próximo a la frontera para evitar largos y difíciles desplazamientos atravesando las montañas. Alfonso se decide por León, pues además de sus fuertes murallas romanas que pueden soportar el asedio de los enemigos, aún mantiene el prestigio de la capital militar y determinados edificios que pueden ser ocupados, de inmediato, como palacio real. La elección para este último serán las antiguas Termas romanas, hoy situadas bajo la catedral.

Existe, sin embargo, un problema sucesorio; sus hijos se disputan el ya dilatado reino e incluso, en una conjura, le hacen abdicar. Sus territorios quedan divididos de la manera siguiente: para su hijo mayor García, León, con potestad sobre el resto de sus hermanos, para el segundogénito Ordoño, Galicia, y para el tercero, Fruela, Asturias. Estamos en el año 910 y se había alumbrado la que será durante 320 años la capital del reino más importante de la Edad Media peninsular. En este Reino de León se gestarán hechos de la máxima trascendencia en la Reconquista, se determinarán los límites de nuevos reinos y regiones que llegan hasta nuestros días, se alumbrarán leyes novedosas; de sus entrañas nacerán nuevos países y se desarrollarán el arte y la cultura a niveles nunca antes vistos en el solar ibérico. Veamos algunos de esos hechos y de ese legado a la sombra de algunos de nuestros más importantes reyes, dado que en este apretado resumen no podríamos hablar de los 24 o 25 que disfrutamos o padecimos, que de todo hubo.

Citaremos, entonces, en primer lugar a Ordoño II, hermano del primer rey, García, que apenas reinó cuatro años, por lo que fue Ordoño el que consolidó el reino de León. A pesar de haber sufrido algunas derrotas, también supo vencer a su enemigo el gran Califa Abderraman III en San Esteban de Gormaz, la primera de las grandes batallas ganadas por los cristianos. Como consecuencia de esa victoria, Ordoño donará su palacio de las antiguas Termas para la construcción de la primera Catedral, en estilo prerrománico y en la que fue enterrado en el año 924. Su sepulcro, remozado más tarde, se encuentra en la girola del actual templo gótico. En 10 años de reinado, las tropas leonesas habían llegado hasta Badajoz, por el este, y hasta el Henares por el sur.

Mención especial merece Ramiro, el II de estos reinos, el primero, como saben, es a quien se le atribuye la victoria en la legendaria batalla de Clavijo con la intervención milagrosa de Santiago, lo que supuso el origen del voto al patrón de España.

Este Ramiro leonés era hijo del gran Ordoño y llegó al trono tras diversos avatares de luchas entre hermanos en León y levantamientos de primos en Asturias. Tras la renuncia de su hermano Alfonso IV, el Monje, es coronado y ungido rey en la sede regia y comienza una frenética campaña contra los enemigos del sur (les recuerdo que la ceremonia de coronación de un rey leonés era muy solemne y seguía puntualmente el rito de la que describe la Biblia para el rey David).

Hay batallas que pasan a la posteridad y otras que, injustamente, quedan en el olvido; Ramiro, en el verano del año 939, encabezando una coalición de leoneses, navarros y aragoneses, aniquiló a los ejércitos del califa Abderramán III, en la batalla de Simancas, una de las más destacadas no ya de la historia de España, sino de la de Europa, y esta apreciación no es en absoluto mía. No era la primera vez que derrotaba a los árabes, antes lo había hecho también en Castromoros y estos acontecimientos han llevado a muchos historiadores a manifestar que, sin la traición de los condes de Castilla y la envidia del rey de Navarra, Ramiro podría haber incluso concluido la Reconquista.

Esta victoria le permitirá repoblar, entre otras ciudades, Burgos y Salamanca, conquistar fugazmente Madrid e incluso, según le gustaba vanagloriarse, pisar, en una de sus correrías, las playas del Mediterráneo cerca de Algeciras. En la tarde del 5 de enero del año 951, tras 20 años de fructífero reinado, sintiéndose muy enfermo hizo penitencia pública y abdicó en su hijo Ordoño III. Fue enterrado en la iglesia Palatina que había cedido a su hija menor Elvira en su deseo de fundar un monasterio, San Salvador de Palat del Rey, iglesia que aún se conserva en parte y que se honra con la calificación de la más antigua de la ciudad.

Saltemos ahora hasta el año 1002, después de la muerte de Almanzor, que causó enormes estragos en el Reino, y recordemos la labor de un gran rey, no tanto por sus hazañas guerreras sino por haber intentado una labor legislativa, necesaria para la consolidación de lo adquirido. Alfonso, el V de los de la dinastía astur-leonesa, sube al trono a la edad de 5 años, lo que implicó la regencia de su madre Elvira. A los 17 es declarado mayor de edad y de inmediato convoca una Curia Plena de nobles para que se aprueben una serie de leyes y preceptos que compondrán lo que se conoce como “el Fuero de León”; estamos en el año 1017 (pronto se cumplirán, pues, mil años) y León dio un gran paso en la conquista de las libertades individuales. En efecto, además de determinarse toda una serie de preceptos para la vida cotidiana, se aprueban leyes que, para muchos historiadores, suponen “la primera representación de los derechos fundamentales de los ciudadanos en la historia de Europa.” Muchas de las disposiciones de este primer fuero se copiaron en otros leoneses posteriores, traspasando, poco a poco los límites más próximos hacia otras villas más alejadas e influyendo, decididamente, a través de Logroño (fuero idéntico al de León), por ejemplo, incluso en los fueros vascos.

¿Y cómo surgen estas conquistas sociales en el Reino de León? Como dice un historiador de nuestra tierra, “no se puede prohibir a una semilla que germine”, pero, convendrán conmigo, tampoco pueden esperarse frutos por generación espontánea. Los núcleos surgidos de la repoblación se habían constituído en comunidades de hombres libres y su forma de organizarse se basaba en el concejo, algo que todos conocemos bien y que no necesito describir. Se trataba, pues, de una forma de democracia directa en la que todos tenían los mismos derechos e idénticos deberes; es más, muchos de nuestros pueblos o villas no dependían de ningún señor feudal; incluso alguna de estas comunidades elegía democráticamente a su representante.

La historia apodó a este rey como Alfonso el Noble o el de los Buenos Fueros, pero, seguramente, como buen leonés, era demasiado tozudo y eso le costó incluso la vida, por no obedecer los consejos de su escolta en el sitio de Viseu donde fue muerto por un ballestero. Tenía solo 34 años y dejaba como heredero un niño de 11, Bermudo III, lo que reproducía la situación de tutela anterior, y una hija llamada Sancha.

Esta Sancha, niña aún, fue prometida al infante García Sánchez, último conde castellano de la dinastía de Fernán González. Cuando contaba 19 años y para refrendar los esponsales, el conde se dirige a León, acompañado de Sancho III el Mayor de Navarra, su padrino y esposo de su hermana Muniadonna. El joven es asesinado ante la iglesia de San Juan Bautista (en el futuro, San Isidoro), y el rey navarro exige el condado de Castilla como herencia de su mujer. A continuación se lo cede a su segundo hijo, Fernando el cual, tres años más tarde, casa con la infanta Sancha. Así se asienta la dinastía navarra en el condado de Castilla y en una pelea cien veces repetida por las tierras de los Campos Góticos, el joven rey Bermudo muere en la batalla de Tamarón a los 20 años. Los derechos sucesorios pasan a su hermana, ya casada como decimos con Fernando, que, tras no pocos problemas, será admitido como rey de León casi un año más tarde. Durante meses el conde Fernando Flaínez, gobernador de las torres de León, se había negado a entregar la ciudad a quien consideraba un usurpador, si no un asesino.

Sancha y Fernando comienzan un largo reinado de 27 años en los que el Reino de León amplía sus límites y se confirma, como el reino más importante de la Península. Y esto no solo entre los cristianos, sino incluso entre los reyes árabes a los que impone tributos: así Fernando recibirá parias (impuestos por la protección y promesa de no ser atacados) de los reinos más importantes del Sur musulmán, así Toledo, Sevilla, Zaragoza o Badajoz.

Por otro lado, León se abre a Europa, fundamentalmente a través del Camino de Santiago, destacando la relación de la corona con Cluny, la gran abadía francesa, y aparecen las primeras manifestaciones artísticas de un nuevo estilo constructivo que triunfará de inmediato: el románico, En este estilo se comienza, en 1063, la gran obra del románico: la Real Basílica de San Isidoro que se convierte en iglesia palatina.

Esta iglesia se había construido en el año 966, para albergar los restos del niño Pelayo, martirizado en Córdoba. Posteriormente pasaría a denominarse de San Juan Bautista por custodiarse en ella una valiosa reliquia del Precursor, pero la obra cambiará totalmente para recibir los restos del Santo obispo Isidoro que una nutrida e importante delegación fue a buscar a Sevilla el año 1063; con este traslado se pretendía rivalizar en reliquias hasta con Santiago de Compostela y tener un digno lugar para los enterramientos de la familia real; el famoso Panteón de Reyes denominado la Capilla Sixtina del arte románico.

Historia y romances nos llevan a la declaración de herencia de Fernando el cual, siguiendo la costumbre navarra, reparte el reino entre sus hijos, dejando al mayor, Sancho, el condado de Castilla con título de rey. Por primera vez en la historia, Castilla se convierte en reino a partir de ese diciembre de 1065, pero, a pesar de opiniones en contrario, nunca antes de esa fecha.

Muchos historiadores han venido explicando este nueva situación con una curiosa frase: “y entonces León se separó de Castilla”; rara y chocante idea que ha culpado siempre a León de una situación en la que fue más sujeto pasivo que activo; y hemos de recordar también aquí, que, si debemos hacer caso a los hechos, era el Condado de Castilla el que siempre había pretendido separarse de León, Reino que, por otro lado, y sobre todo desde el canónigo Lucas de Tuy parecía haber asumido, por el contrario, el papel activo de la recuperación de la unidad de la patria visigótica.

Si recordamos, el resto del testamento se manifestaba de este modo: Alfonso (reinará con el apelativo de el VI), el preferido, recibirá León y con ello la preeminencia sobre el resto de sus hermanos; García, Galicia y las hijas Urraca y Elvira se verán atribuidas las ciudades de Zamora y Toro, además de quedar vinculadas de por vida a San Isidoro a través de la institución del Infantazgo, como dóminas del mismo.

Sancho no debió quedar muy satisfecho con la herencia y comenzó a guerrear, tras la muerte de su madre Sancha, contra todos sus hermanos; murió en el famoso “Cerco de Zamora” a manos de un soldado del reino, Vellido Dolfos, al que los romances y la historia oficial han colocado el sambenito de gran traidor por haber dado muerte a un rey que cercaba su ciudad desde hacía más de 7 meses. Hace apenas dos años y después de recogidas de firmas, juicios paralelos, concursos poéticos, etc., el famoso “Portillo de la traición” de las murallas de Zamora ha sido rebautizado con el nombre de “Portillo de la Lealtad”. Ya era hora de que se hiciera justicia.

En el año 1072 tenemos ya de nuevo a Alfonso en el trono de León y como consecuencia de la muerte de Sancho, reinante también en Castilla, reino independiente solo durante 7 años. Los dominios de Alfonso se extenderán hasta Valencia por el Sureste, y progresan por el noreste a costa de Navarra, incorporando a sus reinos los territorios de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, a partir de entonces ya siempre vinculados a la corona castellana. El avance más significativo por el sur es la conquista de Toledo lo que lleva a Alfonso a utilizar de manera definitiva el título de “Emperador de toda Hispania” o de las tres religiones. Sin embargo nunca se coronó como tal.

Además de sus muchos encuentros con los árabes, en los que unas veces salió claro vencedor y en otros derrotado, como en la batalla de Uclés, en la que perdió la vida su heredero, durante este reinado cabe significar hechos como los siguientes: la entrada en tromba de franceses en el reino, comenzando por dos de las mujeres del propio rey; también caballeros y gentes de armas, como los primos Raimundo y Enrique de Borgoña que casarán con dos de sus hijas, o clérigos, señaladamente los cistercienses de Bernardo de Claraval que, desde el monasterio de Sahagún, llevarán a cabo la reforma del culto; bajo su influencia se introduce el rito romano y se abandona para siempre el hispano-mozárabe que se había mantenido por siglos.

Otro aspecto de la mayor trascendencia fue la donación que hizo a una de sus hijas, Teresa, habida fuera de sus cinco matrimonios, en este caso con la noble berciana Jimena Muñiz, del condado Portucalense que, durante el reinado de su sucesora Urraca, se convertirá en reino independiente, desgajándose, entonces, del reino de León y cambiando, para siempre, la estructura geopolítica de la Península.

Falto de heredero varón y viendo próximo el fin de sus días, Alfonso llamará a Toledo a su hija Urraca, viuda ya y con un hijo, para que le suceda en el trono. Alfonso muere y su cadáver es trasladado a Sahagún, según su voluntad, donde descansa a los pies de la pequeña capilla del monasterio de San Benito; en un sencillo sarcófago; cerca de él también reposan cuatro de sus cinco mujeres legítimas.

El reinado de Urraca que duró 17 años fue extraordinariamente convulso, especialmente a causa de su matrimonio con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón. Esta idea de nuevo matrimonio había sido, incluso, propuesta por su padre antes de morir, tratando con ello de encontrar para su hija un marido, buscando la unión de ambos reinos para hacer frente a los almorávides y pretendiendo soldar relaciones que llevaran al nacimiento de una única corona, la de Hispania. El carácter de ambos, sin embargo, les hizo incompatibles y, después de 5 años de problemas, el matrimonio es declarado nulo.

Lo más significativo de su reinado, además de estos enfrentamientos con Alfonso y sus tropas son las provocaciones de la nobleza gallega y los continuos hostigamientos por parte de su hermanastra Teresa que intenta lograr la independencia de Portugal. Urraca, aunque muere en la localidad de Saldaña a la edad de 45 años, solicitó ser enterrada, como sus antepasados, en el Panteón Real de San Isidoro, y su hijo, Alfonso será entronizado como rey en León, el 10 de marzo de 1126

La ocasión de consolidar la vieja idea imperial leonesa parece presentarse más al alcance de la mano que nunca. Alfonso, en sus intentos de hacerse con el control del reino de Aragón, a la muerte de su padrastro, se da cuenta de que su reino es el más dilatado y el más temido por árabes y cristianos. Cuenta, además, con el apoyo que supone su esposa, Berenguela, hermana de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, rey consorte de Aragón y con enormes relaciones e influencias en el Sur de Francia. Este apoyo expreso del Conde de Barcelona tendrá una contrapartida posterior en el Tratado de Tudilén que supondrá la determinación de una línea definitiva entre Aragón y Castilla en sus aspiraciones de conquista de las tierras del sur. A partir de ese momento se modificarán ya para siempre las previsiones de su bisabuelo Fernando I con relación a las tierras del reino de Valencia.

Así las cosas, el día 26 de mayo de 1135, fiesta de Pentecostés, se reúne en la urbe regia una magna asamblea de reyes, nobles, obispos y abades y se produce la coronación del único emperador español. Tras una misa de Espíritu Santo, Alfonso fue coronado en la Vieja Catedral de Santa Maria, en presencia, entre otros de los siguientes personajes que le prestaban vasallaje: el rey de Navarra, García Ramírez, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y rey consorte de Aragón, el conde de Urgel, el de Tolosa, el de Montpellier, el duque de Gascuña, el de Foix y otra serie de grandes señores del Sur de Francia hasta el Ródano, así como varios representantes de linajes musulmanes, entre otros el caudillo Zafadola. La no asistencia de su primo Alfonso Enriquez, primer rey de Portugal y su posterior apoyo y sumisión, supondrán, así hay que decirlo, la consolidación definitiva de la independencia de lo que había sido el condado portucalense.

El Emperador intentará ahora, hacerse un hueco en la historia por medio de grandes obras de arquitectura, de sus conquistas en tierras del Sur y de su influencia en los asuntos de mayor relevancia en la Europa de su tiempo; en cuanto a las primeras, señalaremos, la finalización de la Basílica de San Isidoro cuya bóveda, ejemplo y asombro para la época, fue obra del gran arquitecto Pedro de Dios, enterrado entre sus muros.

En cuanto a los asuntos europeos, diremos, simplemente que, en un sínodo celebrado en la ciudad francesa de Reims y junto a los reyes de Francia, Alemania e Inglaterra, prestó su apoyo a Inocencio II contra las pretensiones del antipapa Anacleto. Y por lo que hace a sus campañas guerreras recordemos, de manera muy resumida, que conquistó, en Extremadura, las plazas de Ciudad Rodrigo y Coria, en cuyo escudo se muestran las armas de León, y en Andalucía, entre otras, Jaén, Andujar, Córdoba y Almería, durante breve tiempo estas dos últimas, es cierto. Estamos en 1147 y se había producido también la famosa toma de Baeza con la milagrosa intervención del Santo Isidoro, lo que supuso la creación de la Orden de Caballeros del Pendón de Baeza, única creada por un emperador y que se mantiene vigente.

A la vuelta del intento de recuperación de Almería, 10 años más tarde, Alfonso muere, en la Fresneda, actual provincia de Ciudad Real. Desde allí será llevado a Toledo, a su catedral, donde descansa, al lado de su segunda esposa Riquilda de Polonia, descendiente directa de dos grandes dinastías, la polaca y la del principado de Kiev; lo que les traigo a la memoria para demostrar la relevancia de este que alguien juzgaría como un intrascendente reino de León pero cuya importancia se hizo sentir en casi toda Europa.

A su muerte, sin embargo, el Imperio se desmorona y del mismo surgen de nuevo toda una serie de reinos e intereses particulares: Sancho reina en Castilla y Fernando, el segundogénito, se hará cargo del gobierno del Reino de León.

Solo un breve apunte sobre este rey cuyos problemas vendrán más del lado de los cristianos que de los árabes pues sufrió continuos ataques por parte de los dos reinos que acababan de nacer, curiosamente, de sus propias entrañas, el de Portugal y el de Castilla. En la época de Fernando II hay que señalar, como hecho destacable, el encargo y pago desde las arcas reales del mundialmente conocido Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, obra del Maestro Mateo, escultor de la corte de este rey leonés.

En 1188, le sucederá su hijo Alfonso, el octavo de este reino pero que ha pasado a la historia como “el noveno”. Para muchos, este rey debería estar situado entre los más importantes de la historia de España, y no solo por sus conquistas, aunque lograra nuevas tierras por el Sur dejando, a su muerte, a las tropas leonesas muy cerca de Sevilla, sino porque durante su reinado ocurrieron dos hechos de la mayor relevancia.

Enterrado su padre en la catedral compostelana, Alfonso vuelve a León donde se enfrenta a una situación de pre-guerra civil. Su madrastra, Urraca López de Haro, que ha intentado desheredarlo, apoya la candidatura de su hijo Fernando. En estas circunstancias, el joven rey trata de dar un golpe de timón y apoyarse en el elemento más numeroso, pero nada influyente desde el punto de vista político: aquel que más tarde será llamado “el Tercer Estado”. Así pues, convoca, en junio de ese mismo año, en la Real Basílica de San Isidoro, una Curia Plena a la que asisten con voz y voto, los representantes de, al menos, las 9 ciudades más importantes del reino. León dio pues un paso adelante en la conquista de las libertades, y esto antes que nadie, lo que le ha hecho ser recientemente reconocido como “La cuna del parlamentarismo”. Y esto que se venía reclamando desde hace tiempo, ha sido aceptado cuando un profesor de la Universidad de Westminster, John Keane, en su ensayo titulado "Vida y Muerte de la Democracia”, afirmó, precisamente en Inglaterra, que las Cortes de Alfonso IX de León son anteriores, casi en una generación, a las de Juan sin Tierra. Así surgieron, en ese momento, en León y antes que en ningún otro reino, unos decretos que configuran lo que se conoce con el nombre de la Carta Magna leonesa y que contemplan, una serie de obligaciones, derechos y deberes, hasta en la persona del Monarca. Desde la defensa de la persona contra los abusos del poder, pasando por la no discriminación por razón de sexo ni estatus social, hasta determinadas obligaciones por parte del propio monarca en la declaración de guerra o en la emisión de moneda.

En palabras de Luís Suárez Fernández, por vez primera “el Rey se había colocado debajo de las leyes”. Situación novedosa para la época y que, a la luz de la historiografía actual, causó, seguramente, su desgracia y la propia desaparición del Reino como entidad individual.

El segundo aspecto de importancia al que deberíamos referirnos es la fundación de un Studium en Salamanca en el año 1218; el mismo derivará en la primera institución europea que llevará el nombre de Universidad. Y cabe significar también que, en los últimos años de su reinado, se comenzó la construcción de la Catedral gótica de León, el prodigio de la piedra hecha luz.

No les relataremos ahora lo que algunos llaman el fin del reino, a la muerte de este Alfonso puesto que, en realidad el reino no se extinguió nunca, a pesar de formar parte de una entidad superior que ha derivado, a día de hoy, en lo que se denomina el Reino de España. A lo largo de la historia, con mejor o peor fortuna o significación, siempre hubo una entidad denominada Reino de León o Región Leonesa como lo denominó el ministro Javier de Burgos en la ley que determinaba la división provincial del año 1833 y que también recoge la primera de las constituciones españolas, la famosa Pepa, de cuya promulgación cumplimos este mismo año el bicentenario.

Termina aquí esta atropellada presentación de algunos de nuestros reyes y de nuestros antepasados cuya huella aún pervive en las calles y en el alma de la imperial ciudad de León. Los leoneses nos sentimos y, sin duda, somos depositarios de una herencia, por muchos desconocida, pero no por ello carente de importancia. De aquí salieron los primeros fueros, de este reino nació Portugal, entre los muros de la ciudad regia se compuso el más importante de los documentos de la Cábala, una de las principales corrientes de la mística judía, de la mano de Moisés de León, nuestros reyes impulsaron y protegieron el Camino de Santiago, aquí se convocaron las primeras cortes, se gestó la más antigua universidad española, aquí surgieron los primeros documentos escritos en romance (La Nodicia de Kesos), entre otras importantes realizaciones. Cabe preguntarse, entonces, para terminar, ¿Cómo sería la Península Ibérica sin las importantes aportaciones de nuestros antepasados? Sin duda algo muy diferente de lo que hoy conocemos y así se lo hemos querido transmitir abusando de su invitación y paciencia que agradecemos muy sinceramente.

Muchas gracias